Una pregunta que debe ser respondida. En la actualidad, en el
Reino de Galicia, se celebra la Misa tradicional con cierta regularidad, -que
sepamos-, en tres localidades, o eso se pretende. Contestar a la pregunta de por
qué se celebra, es una justificación de nuestra asistencia, una reafirmación de
nuestro compromiso y una invitación a sumarse al acontecimiento, éste sí el más
grande que vieron los siglos.
Por qué la Misa tradicional. Porque es tradicional. La forma
tradicional de la Misa es algo que hemos recibido, que se nos ha entregado.
No es algo creado ex professo, sino
que es el fruto de una antigua forma de celebración, de origen apostólico, que
se ha ido transmitiendo de generación en generación y creciendo orgánicamente a lo largo de los siglos. El
crecimiento orgánico significa que su configuración se ha realizado anónimamente, podríamos decir, mediante muchas aportaciones de diversa procedencia que el tiempo y la piedad
han decantado hasta perfilar el rito en su integridad.
Esta forma de la Misa se considera buena y santa no en
virtud del resultado que arroja un análisis crítico, ni por haber sido aprobada
por la autoridad eclesiástica, -aunque lo haya sido-, sino precisamente por su
carácter tradicional: la Iglesia la dio por buena, cuando se puso en discusión,
fundamentalmente porque era su herencia, es lo que había recibido.
Por qué la “autoridad eclesiástica” la dio por “mala” tras el Concilio VAticano II es una
cuestión que exige muchas comillas. Primero porque ninguna autoridad
eclesiástica se pronunció sobre ella y cuando lo hizo fue para restituirla plenamente
como un tesoro perenne de la Iglesia: tal es lo que hizo Benedicto XVI. Segundo,
el desafecto que muchos eclesiásticos le muestran, y que se traduce muchas
veces en reticencias y obstáculos o prohibiciones para su celebración, puede
ser por varias razones, pero siempre encontraremos en algún grado el desconocimiento del profundo valor que guarda la Misa tradicional.
Oír la Misa tradicional significa, por tanto, recibir un
legado ancestral, que procede de tiempo inmemorial, que ha sido transmitido con
unción, reverencia y piedad, fundamentadas en la fe en el Sacramento, y que con
ese mismo espíritu debe ser dicha y oída.